Serie: Amor incondicional | Episodio III

  • 18 febrero, 2022
  • Redacción
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Esta historia es tan reciente que mis manos aún tiemblan de lo que he escrito. Son tan cercanos todos los puntos de referencia como si marcara en los pliegues de un mapa todos los desplazamientos dentro de una geografía infinita. Quizás no se puede escribir solo con la imaginación o la nostalgia; en esto también se deja el corazón.

Esa mañana al despertar mi mente estaba ocupada por un solo pensamiento: jugábamos una final de vuelta contra Real España. En Tegucigalpa ya habíamos ganado con dos joyas de Jorge Álvarez. Viajamos con la esperanza intacta, como si en el equipaje llevamos la mitad de un sueño por completar.

Salimos de la “Huaca”, nuestro histórico punto de reunión. Todos los buses estaban en fila como pájaros de hierro que comprendían lo hermoso que es viajar para ver al equipo de tus amores.

El recorrido tenía música de fondo; todos cantando la imprescindible Canción de “Los Caligaris”.

Tantos kilómetros yo recorrí por vos. Será que todavía me hacés feliz. Quizás ese canto represente el Soundtrack de mis viajes sin olvidar a Callejeros o los inigualables Pibes Chorros, fieles acompañantes de esta vida entregada a estos colores.

Llegamos a nuestro destino: “La Fuente Luminosa”, donde empezaría la caminata hacia el mítico estadio Morazán.

El llamado fue el bombo que late como el mismo corazón, sin sospechar que está historia marcaría un trágico revés: el sonido de las balas vivas contra todos los fieles que, con alegría, cargaban el trapo oficial de la gloriosa barra Ultra Fiel.

Cuántas cosas pasaron por esos segundos especulando con la posibilidad de seguir viviendo. Esos lapsos en los que nos embarga un pensamiento inverosímil, digno de las más altas cavilaciones.

Después de minutos de angustia pudimos entrar al escenario que nos esperaba; el corazón latía de manera descontrolada como si el partido fuera el argumento mayor. Todo lo que deseábamos era ver salir a nuestro amado León.

El primer tiempo terminó sin goles, pero el incansable canto no cesaba. Tomaba fuerza como si aun con la garganta herida, el viejo León rompiera los límites de nuestra propia humanidad.

El segundo tiempo empezó como una avalancha, el objetivo era palpable: levantar la copa, que sería nuestro segundo tetracampeonato. La espera infinita se terminaba con un gol de Jerry Bengtson; el abrazo en las gradas, las lágrimas mezcladas con el humo y la fiesta como si algo reventara en nuestro pecho.

Los últimos minutos del partido sabían a gloria como si nuestros propios dudaran en creer lo que veíamos; eran campeones.

Saltamos a la cancha para celebrar con nuestros guerreros. Ese día, entre el mar de gente,
Pedro Troglio abrazaba la copa como quien se aferra a los sueños.

Cuántos abrazos guardaré en mi memoria. Por eso cada viernes tengo la ocurrencia de contar lo que he vivido como si estos colores fueran absolutamente todo lo que un hombre hubiese soñado: el sentido absoluto de una vida entregada al glorioso Club Olimpia Deportivo.

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